Este domingo pasado salí al campo con mis compañeros de Pinsapaso. La ruta que seguimos fue acompañada todo el rato de una lluvia, que si no fuerte, se mantuvo constante toda la mañana. Ya, bastante mojados, y muy a nuestro pesar, decidimos parar y regresar.
¡Tendríais que haber visto el paisaje bajo la lluvia!. Los verdes mojados y relucientes, el cielo tapado con las nubes grises, el olor a bosque húmedo y una atmósfera que tamizaba y envolvía todo el espectáculo que teníamos delante.
Hoy ya es el segundo día que estoy en cama con fiebre. Supongo que ha sido un enfriamiento por eso de llevar todo el día los pies mojados. Sin embargo, después de dos días encerrada en casa, con tiempo de sobra para pensar y dándole vueltas a mis problemas, soy más consciente de las razones que me impulsan a salir todos los fines de semana al campo.
Es algo muy especial. En el campo o en la montaña soy, o intento ser, parte del paisaje. Mientras camino, contemplo el campo y todo lo que es parte de él. Su grandeza me rodea y yo me siento su elemento más pequeño. Estando allí dejo atrás todo, problemas y personas, trabajo y ocupaciones, tensiones y cansancio, y me entrego, serenamente, a contemplar la vida y la soledad, sintiéndome parte de ella. Sin ruidos, sin distracciones… con otro tempo. Menos mal que lo tengo a él! Me relaja, me alegra el corazón, me llena… y me hace sonreír el lunes siguiente, otra vez en mi mesa de trabajo, cuando su imagen viene a mi memoria.
Para mis amigos de Pinsapaso que tan bien me acogieron, ¡Gracias!

